
Tengo un mundo. Acuoso. Pequeño. Tan diminuto que ni siquiera hay sitio para mí. Un mundo que abarco y rodeo con mis manos. Con las mismas manos que no lo pueden tocar. Un mundo que miro y no puedo ver y que imagino oscuro, calentito, confortable, silencioso. Un mundo al que hablo y al que sólo llegan unas leves reverberaciones; unas voces distorsionadas y estremecedoras. Unas vibraciones que se quedan sin respuesta.
Tengo un mundo. Un mundo que no habito y que a diario se acerca y se aleja de mí. Un mundo que adoro y que no puedo sentir, que deseo y se me escurre entre mis ganas. Que se mueve a ninguna parte y que gira sobre sí, flotante. Que a cada poco se estira, se despereza o se queda plácido. Inmóvil. Quieto frente a mí. Tan cerca y tan lejos. Al otro lado de una finísima muralla de piel tan endeble como infranqueable. Impenetrable.
Tengo un mundo. Un mundo que sueña, se estremece, goza y se lo guarda todo para sí. Un mundo de felicidad en el que sólo se respira vida. Vida sin muerte. Paraíso sin obligación pendiente, ni prisa que mate, ni usura que arruine, ni violencia que hiera, ni celos que cieguen. Un paraíso sin filias. Sin fobias. Sin envidia, sin ira, sin lujuria, sin soberbia, sin avaricia. Un paraíso de gula y pereza.
Tengo un mundo. Un mundo cambiante que crece, se expande. Un mundo de noches sin días, de calor sin fríos, de placeres sin peaje de dolor, de soledad llena de amor. Un oasis sin aire respirable, sin lluvia que moje, sin sol brillante, sin fuego quemante, sin tierra por pisar.
Tengo un mundo. Un mundo que se acaba, que camina hacia su muerte. Que camina hacia la vida. Un universo a punto de estallar. Días contados antes de la enorme orgía roja de sangre y dolor, de la presión asfixiante y del túnel sin fin. Días contados para cruzar la muralla hacia la cegadora luz. Atrás quedará sólo muerte. Delante sólo vida. Su vida.
Tengo un mundo. Un mundo que no habito y que a diario se acerca y se aleja de mí. Un mundo que adoro y que no puedo sentir, que deseo y se me escurre entre mis ganas. Que se mueve a ninguna parte y que gira sobre sí, flotante. Que a cada poco se estira, se despereza o se queda plácido. Inmóvil. Quieto frente a mí. Tan cerca y tan lejos. Al otro lado de una finísima muralla de piel tan endeble como infranqueable. Impenetrable.
Tengo un mundo. Un mundo que sueña, se estremece, goza y se lo guarda todo para sí. Un mundo de felicidad en el que sólo se respira vida. Vida sin muerte. Paraíso sin obligación pendiente, ni prisa que mate, ni usura que arruine, ni violencia que hiera, ni celos que cieguen. Un paraíso sin filias. Sin fobias. Sin envidia, sin ira, sin lujuria, sin soberbia, sin avaricia. Un paraíso de gula y pereza.
Tengo un mundo. Un mundo cambiante que crece, se expande. Un mundo de noches sin días, de calor sin fríos, de placeres sin peaje de dolor, de soledad llena de amor. Un oasis sin aire respirable, sin lluvia que moje, sin sol brillante, sin fuego quemante, sin tierra por pisar.
Tengo un mundo. Un mundo que se acaba, que camina hacia su muerte. Que camina hacia la vida. Un universo a punto de estallar. Días contados antes de la enorme orgía roja de sangre y dolor, de la presión asfixiante y del túnel sin fin. Días contados para cruzar la muralla hacia la cegadora luz. Atrás quedará sólo muerte. Delante sólo vida. Su vida.
P.D. Aunque mi idea es que en este blog se coloquen otro tipo de reflexiones que tengan menos que ver con la vida íntima de cada cual y más con la vida pública, mi querida amiga Raimundita me ha pedido que coloque aquí este pequeño escrito. Y como tiene esa forma de pedir.....(jejeje) pues aquí está, aunque hubiera bastado con recomendar una visita al blog (fobias sin filias) del que no debió salir
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